Los misterios de la (in)comunicación humana

Estaba yo esta tarde tirado en el sofá, viendo circunstancialmente ese invento llamado Televisión, cuando hube de toparme con uno de esos “maravillosos” programas de “sociedad”. Por razones que no viene al caso comentar la tortura de la emisión continuó un rato ante mis ojos, para poder “deleitarme” con el buen hacer de esos grandes profesionales, equitativos, responsables, y sosegados personajes que son los “tertulianos” o “colaboradores”.

Al margen de mi fobia hacia los programas de esta calaña (el término índole es demasiado benévolo) y de toda la retahíla de buitres que se alimentan y son alimentados en ese proceso endofágico que es la prensa del corazón (“famosos” que se nutren de la escoria de un periodismo denigrado, y “periodistas” denigrados que se alimentan de los “famosos”), hay una cosa que invariablemente me hace hervir la sangre, en este tipo de programas y en otros de los que pueblan nuestra televisión (rica y variada en esencia, de dudosa profundidad en un buen porcentaje y con tufillo desagradable como condimento) en estos años: la absoluta, tremenda e incontestable capacidad de estos sujetos de mantener una conversación coherente y ordenada.

Porque la televisión se ha convertido en una jodida verdulería, con perdón para todos los verduleros y verduleras del mundo.

Qué intentan vendernos por debate en estos días, me pregunto yo, cuando alimañas disfrazadas de (des)informadores se esfuerzan en vender su mercancía, o sus ideas (¡ja!), o comoquieran llamar a eso que les puebla por su cabeza vacía y llena de humo. Qué intentan hacer pasar por debate basándose en pisar al de al lado, en gritar más alto, en decir las barbaridades más grandes, en reducir al moderador a una mera figura de adorno, en arrojar llamas a la opinión pública (que más veces de las necesarias les escucha sin darse cuenta, y ya se sabe eso de “difama que algo queda”).

El moderador, esa figura a la que la cámara enfoca de vez en cuando para que sonría tímidamente diciendo mentalmente “quién me mandaría a mí…” porque, lo que es moderar… va a ser que no, que decía el anuncio. Animal casi extinto rodeado de “semejantes” de mucha menos valía (porque algún moderador decente quedará en el mundo, digo yo).

En definitiva, qué intentan hacernos pasar por debate una gente que no sabe hacer nada más que escucharse a sí misma.

Hace poco vi, durante un rato, ya que no soy aficionado a la televisión, de un programa llamado 59 segundos, y creo que me emocioné y todo al ver que existía algo remotamente parecido a lo que es un debate REAL. Y no porque los participantes no sean unos verduleros (que lo siguen siendo, pero encima pagados y henchidos de satisfacción de sí mismos y de su propio criterio, pese a quien pese) sino porque al menos hay una moderadora estricta que se empeña en mantener la coherencia en un corral de gallos y gallinas, y si tiene que mandar callar a alguno o alguna, se le manda callar (y de paso se le quita el micrófono). No recuerdo tu nombre muchacha, pero me siento orgulloso de ver que hay alguien que tiene la dignididad suficiente para no dejarse apabullar y mantener la seriedad y defender la integridad que debe suponer un debate, aunque estés rodeada de cacareos.

Lo más preocupante, en general, es que eso es un reflejo de lo que el mundo ajeno a la televisión entiende por debate (es decir, que televisión o mundo han influido uno en el otro para corromper lo que realmente es una comunicación coherente entre seres humanos). Y lo mismo que te grita Carmele te grita el compañero de trabajo cuando tu opinión no cuadra con la suya, o gritas tú mismo, o gritan todos, que ya puestos, emocionémonos todos con la verdad absoluta que todos poseemos y que prima sobre la de los demás. Por supuesto, se trata de una exageració, pero no de una invención, que es lo llamativo de todo esto.
Es algo así como las palabras de ese profeta de la esvástica disfrazado de periodista “Vosotros sóis más, pero yo tengo razón” (valientes palabras, y valiente imbécil).

Qué más da lo que quiera decirme el de al lado si con mi opinión ya lo resuelvo todo. Gritemos, gritemos, acallemos la voz de los necios que creen que tienen derecho a opinar, para que la voz de la sabiduría (la nuestra) prevalezca, no por el peso de nuestros argumentos, sino por el volumen de nuestra voz.

Y porque (a veces) aún queda algo de decoro y cierta medida de control, que de ahí a pasar a las manos para conseguir que nos dejen hablar tranquilos (rodeados de cadáveres) tampoco hay muchos pasos más (claro, que también puede ser, y probablemente será, que muchas de esas parodias de debates sean eso, parodias, y que los payasos de la tele que gritan estén simplemente actuando, para darle el circo a los ciudadanos romanos que, desde sus casas, consumen el pan de rayos catódicos… o plasma, o lo que sea).

Triste invento el este circo en el que empezaron a lanzarse vasos de agua, tartas, bofetadas, insultos… triste invento en el que la gente perdió la noción de la conversación para disfrazar el monólogo de debate. Lo vemos en la televisión, lo vemos en la vida real, lo vemos en la prensa, en las campañas electorales, en las discusiones de los foros…

Todos tenemos mucho que aprender del prójimo, aunque sea de sus errores, y no sólo el prójimo tiene que aprender de nosotros y, aunque nos jorobe tremendamente, escuchar a veces es tan útil o más que hablar, sin perdernos en el silencio, claro.

Que decía aquel, “la virtud está en el justo medio”, y para eso hace falta a partes iguales palabra y atención. ¿Será capaz la raza humana de escuchar a su vecino? ¿Serán capaces los vecinos de escuchar a la otra parte contratante?

¿A qué huelen las nubes? Vaya usted a saber.

Aunque me importe un bledo a qué huelen las nubes (¿a ozono cuando hay tormenta?) al menos espero que aprendamos a escuchar además de a hablar (que también nos viene haciendo buena falta) y a escribir (eso último ya de por sí merecería una entrada específica, no sé si algún día tendré moral para escribirla).

Decía una amiga mía: “Tiene las cosas claras; eso es porque es joven, no te preocupes que se le pasará con la edad”. Quizás un poco de incertidumbre nos venga bien para aprender a escuchar.

Así pues, brindo por la incertidumbre, por las dudas, por las inquietudes y por la curiosidad, que quede atrás la certeza absoluta, que no hace bien a nadie.

Buenas noches, y buena suerte… y tened cuidado ahí fuera.

~ por duriner en Marzo 11, 2008.

4 comentarios to “Los misterios de la (in)comunicación humana”

  1. Se llama la presentadora de 59″ Ana Pastor….Muac

  2. Cuánta sabiduría albergan tus palabras…y cuánto me gusta el cotilleo televisivo, coño ;)
    Perdóname por el suplicio..Suki desu

  3. Hola otra vez…sólo te quería preguntar que ¿para cuándo una nueva sesión de fotos??
    Un beso.

  4. Pues como has visto, hay 2 tipos de debates. Los de TeleCinco y los del resto de cadenas. Los de TeleCinco son un corral. En los de otras cadenas como 59 segundos de TVE, el gallo modera.

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