La alegría de la Huerta

El pasado domingo, 9 de Marzo, hemos tenido los españoles lo que los medios llaman, entusiastas, la “Fiesta de la Democracia” (nunca me acostumbraré a la manía que tienen los medios de desinformación de edulcorar las cosas a su conveniencia). No niego que las elecciones, el hecho de votar, sea algo importante, importantísimo, pero tampoco es necesario convertirlo en un circo porque pierde la gracia (o, mejor dicho, la seriedad).

Y es que, llamadme absurdo, pero aunque desde siempre he tenido mis más y mis menos con la credibilidad que me inspiran los políticos de este nuestro maravilloso, diverso y entretenido país, el concepto de elecciones me parece algo lo suficientemente importante como para hablar de él con seriedad, y no como quien contempla un partido de fútbol. A muchos de nuestros antepasados les ha costado sudor y sangre llegar hasta donde estamos, y lo demás son flores que no vienen a cuento (soy un soso, lo sé).

En cualquier caso, mi reflexión no va orientada hacia la democracia, ni a lo grandioso de permitir al pueblo expresar y participar de la vida política de una nación. Esta reflexión va dedicada a un sector de la población que podría llamar algo así como “votantes entusiastas”.

El votante entusiasta tiene las ideas claras, sabe a quién quiere votar, está convencido desde siempre de que votar al partido A (o al B) es la solución, siempre lo ha sido y siempre lo será. Hasta tal punto está convencido que mira a los demás partidos y a sus simpatizantes (sobre todo, claro está, a los del otro partido mayoritario, o a ambos) con gesto altanero.

Y así tenemos a los entusiastas del equipo A, que tildan de enemigo acérrimo al equipo B y, por supuesto, también a la inversa. Entre los sectores jóvenes de la población, sumidos en su más profunda arrogancia adolescente y estupidez supina, más de una discusión se ha escuchado (y se escuchará, claro) alimentada por el orgullo y la inconsciencia donde resucitan términos tan amables como “Fachas” o “Rojos”.

El ser humano nunca aprende a comprender, porque prefiere perder el tiempo en diferenciarse de otros, en buscar una identidad, y lo mismo te da basarla en tu ideología, en tu equipo de trabajo, tu equipo de fútbol, tu forma de vestir, tu color de piel o tu tendencia sexual. Como decía Makinavaja, “siempre tiene que haber algún gilipollas” que se cree poseedor de la verdad y la razón absoluta y desprecia al prójimo por ser, de alguna manera, diferente.

Lo más terrible no es eso, lo más terribles que todos nosotros lo hacemos en una u otra forma.

A lo que iba, en relación a las pasadas elecciones, que me despisto. Ganó uno de los partidos mayoritarios, el PSOE, mientras en el otro lado quedó el otro partido mayoritario, el PP (pululando alrededor, como ocurre a menudo, quedaron el resto de partidos con su particular y reducido pedazo de pastel, no por ello menos jugoso para jugar las cartas de las negociaciones políticas).

Pues bien, ha ganado el PSOE, felicitémonos todos y alegrémonos. No porque haya ganado uno u otro partido, sino porque ha ganado quien la mayoría de los españoles ha querido votando.

¿Eso significa que el otro partido es el enemigo? ¿Que hay que intentar minarles la moral y machacarles como si fueran un animal herido? ¿Qué clase de deportividad es esa? ¿Cómo se puede pensar que un partido al que ha votado tanta gente en nuestro país es el enemigo absoluto, hablando de él como si fuera el candidato perfecto para el exterminio? No me cabe la menor duda de que, por otro lado, habrá multitud de comentarios rabiosos, maldiciendo no haber ganado o buscando algún motivo para descargar su frustración.

A eso, cuando yo era pequeño, lo llamaban comportarse de forma inmadura (o comportarse como un crío, vaya).

Lo bonito de la democracia es que nos gobierne quien decida la mayoría de los españoles, y no que el que gane intente humillar al perdedor (si es que realmente eso de “perdedores” existe en términos absolutos, igual que el término “ganadores”), ni que el que quede detrás se ufane en defender su orgullo ante una derrota o ante las críticas de los que se quedaron por delante.

Todos los españoles somos iguales, y todos tenemos derecho a la libertad de expresión y de ideología (salvando excepciones que atenten contra los demás individuos, claro está) y como decía la antigua máxima “nuestra libertad termina donde empieza la del prójimo”. No es bueno hacer leña del árbol caído (hoy estoy de un refranero…) y ya dijo aquel tipo de pelos largos por Jerusalem que más nos valdría tratar al de al lado como a nosotros mismos.

Lo malo es que esa parte a los humanos nunca se nos dio muy bien. Nos gusta tratarnos a nosotros como nos gustaría que nos trataran los demás, y al resto ya veremos.

Por qué he escrito esto, porque me duele ver a tanta gente discutiendo airada sobre política cuando no comparte criterio con el de al lado. Creo que las personas pueden pensar diferente y seguir llevándose bien, seguir manteniendo debates sosegados, sin humillaciones veladas o gestos triunfales despectivos.

Respetemos y seremos respetados, porque en política, como en la vida misma, el ser humano que se descuida se convierte en un depredador egoísta que se olvida que, al otro lado, también hay personas con su propio punto de vista, casi siempre tan válido como el nuestro.

¿Que a quién he votado yo? Eso me lo reservo para mí. Lo que más me alegra no es que gane un partido u otro, sino que haya partidos a los que votar. A nuestros antepasados se lo debemos, y no deberíamos despistarnos nunca de nuestro pasado ni del camino recorrido, para no repetir estupideces que otros ya cometieron por nosotros.

Un abrazo a todos los votantes, a los abstencionistas, a los de “izquierdas” y a los de “derechas”, a los del medio, a los de arriba, a los de abajo, y a los que bailan la yenca y, en definitiva, a todos los que habitamos este curioso reducto de tierra que es España.

Que la libertad nos dure y que podamos expresarnos libremente para siempre.

~ por duriner en Marzo 11, 2008.

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