A la hora de escribir este post me asaltaba la duda de si sería conveniente, si sería apropiado, albergar un texto que nada tiene que ver con fotografía ni con opinión general en este blog.
Sin embargo, qué demonios, las cosas importantes, aunque insignificantes para este mundo mastodóntico en cuyo lomo cabalgamos, deben ser mencionadas, y a los Grandes hay que recordarlos aunque la historia misma no se moleste en hacerlo siquiera unos minutos en un par de periódicos.
Este martes dejó el cargo Santiago Segarra Tormo, director del Departamento de Informática Tributaria de la Agencia Estatal de Administración Tributaria.
No es este lugar (ni, la verdad, ningún otro lo es) para discutir las causas de su marcha (que yo, personalmente, desconozco con el detalle suficiente para entrar en debate alguno), ni tampoco hay motivos ni espacio aquí para hacer disquisiciones sobre cómo será su sucesor, porque todos merecemos que se nos valore por nuestras acciones, no por comparación pero, al menos, quería dedicarle unas palabras a una persona que tiene mi admiración desde hace cuatro años, cuando le conocí por primera vez.
¿Y quién es ese señor? Os preguntaréis muchos (bueno, vale, casi todos). Pues aparte de ser el hombre que impulsó el borrador de la Renta, que le ha facilitado la vida a mucha gente (aunque siempre habrá a quien la cosa no le salga bien, es inevitable). Ha sido y es una persona que ha trabajado en pos de la innovación, que ha dado más de lo que muchos entregarían a un trabajo con una devoción asombrosa, que se ha entregado al Departamento de Informática Tributaria (DIT para los amigos) en cuerpo y alma durante 11 años (como director, y anteriormente no sé ya cuántos como subdirector) y, por encima de todo, una persona magnífica y digna de admiración, trabajadora, respetuosa, amable y muy cercana.
Y no es que haya trabajado precisamente codo con codo con él: yo sólo soy un “chiquito de empresa”, como dijo alguien por ahí una vez (me encantó el término) y mi trabajo no está directamente próximo al suyo, salvo muy ocasionalmente y de rebote.
Pero aun siendo yo alguien del montón he podido verle ir y venir, ver cómo se pasaba un viernes por la tarde de visita a ver cómo iban los agentes telefónicos que atendían las consultas informáticas de los contribuyentes, preocuparse de que se atendiera bien a los ciudadanos en la medida de las posibilidades técnicas y humanas, le he visto seguir trabajando pese a circunstancias personales que a algunos nos harían dedicarnos a una vida más tranquila por mera supervivencia. Desde la primera vez que le vi, cuando yo mismo atendía el teléfono, quedé impactado por la capacidad de trabajo de aquel hombre, y mi opinión sobre él no ha disminuido desde aquel día, sino que ha ido en aumento.
Y si alguien del montón puede percibir eso, entonces es que hay mucho más trabajo de fondo que percibir.
Desde aquí, desde este humilde rincón de una persona anónima (si no fuera porque firmo en el blog), quiero dedicarle esta entrada a un gran hombre, a una persona magnífica que lo seguirá siendo allí donde le han destinado, no me cabe la menor duda.
Para mí ha sido un auténtico honor conocerle, y desde aquí le deseo toda la suerte del mundo.
Hasta siempre, Santiago Segarra, te echaremos de menos. Toda mi admiración va para tí.

