Sin duda ha pasado una cantidad tremenda de tiempo desde la última vez que escribí. Demasiada, como de costumbre, e igual que demasiado escaso es el tiempo libre necesario para ponerse a pensar qué rayos puedo escribir aquí.
Sin embargo, hace unos minutos acabo de terminar el último libro que me estaba leyendo y me he visto en la necesidad de compartir un pensamiento, y éste es de preocupación.
No se trata de un libro de esos que te hacen pensar y te dejan inquieto, inseguro sobre el mundo a tu alrededor (para eso basta con ver las noticias, si uno tiene paciencia). Era un sencillo libro de ficción titulado “Projekt Babylon”, de un tal Andreas Wilhelm.
Pues bien, no me ha gustado demasiado, pero eso en sí mismo es algo que carece de importancia (hay historias que gustan más y otras que gustan menos) aunque personalmente no habría optado por una conclusión tan acelerada e imprecisa. Lo comparan en la contraportada con “El Quinto Día” de Frank Schätzing… bueno, creo que ahí han sido sólo comercialmente optimistas. La historia es entretenida, pero ya. El Quinto Día me pareció una historia mucho más atractiva, más compleja, más cautivadora que éste.
Pero basta de hablar de la historia y centrémonos en mi verdadera preocupación: ¿quién diablos ha traducido esto?
Durante todo el libro he podido contemplar horrorizado de qué forma se atropellaban las normas básicas de las construcciones gramaticales. Y faltas, lo más lamentable han sido las faltas. No he visto una forma más terrible de comfundir “Solo” y “Sólo” (parece que ahí las teclas de las tildes no habían venido), o “Cómo” y “como” (aquí eran visitas aleatorias) y alguna más que ahora mismo no acude a mi memoria (instinto de conservación).
Pero la gramática…
Yo entiendo que es difícil traducir. Hacer una traducción completa y coherente es todo un mérito (entender es fácil, plasmarlo en otro idioma ya tiene su gracia) pero, por otro lado, para eso pagan a la gente que se dedica a eso, ¿no?
Nunca me ha irritado tanto ver frases que uno podía percibir más como inglés traducido literalmente (y eso que juraría que el texto original es alemán) y otras frases sin sentido que tenías que leerte varias veces para descubrir que no eras tú, es que la construcción no tenía ni pies ni cabeza.
¡El Babelfish no vale para traducir libros!
Pero yo creo que la culpa tampoco es del traductor o traductora (no en su totalidad al menos), porque juraría que en el laborioso proceso de publicación de un libro intervienen un montón de personas, muchas de las cuales, se supone, revisan el texto y lhacen sus correcciones.
Así pues, manifiesto mi preocupación por un hecho muy sencillo: ¿qué diablos pasa en las editoriales? ¿Cómo se puede permitir que los libros, que son las raíces que alimentan nuestra cultura, que dan de beber a nuestra capacidad de expresión, que nos enseñan sin saberlo nosotros, aunque sea a modo de recordatorio, cómo se juntan las letras adecuadamente, cómo se puede permitir que los libros salgan ya así de mancillados de la imprenta?
La prensa ya, tristemente, ni se acerca a esos niveles.
Ni los sms, ni la falta de lectura, ni la falta de formación… un descuido que fluye como una masa viscosa se extiende por todas partes, y nos olvidamos poco a poco de quiénes fueron la B y la V, la C y la K (estoy exagerando un poco, llamadme alarmista).
Preocupado, y triste. Echo de menos la época en que “si con que se entienda da igual” no era una frase que nadie tuviera en cuenta.


